Sangre, sudor y lágrimas

Sangre, sudor y lágrimas.

La masacre del 13-N ha sido un atroz mazazo para la política de seguridad de los países europeos. Cuando parecía que habíamos aprendido a defendernos de la barbarie terrorista, después de las matanzas de Madrid, Londres y París, Europa despierta del sueño de la inocencia y descubre su inmensa fragilidad. “Estamos en guerra”, ha afirmado el presidente Hollande tras los atentados. “Pero esta guerra afecta a todo el mundo, no sólo afecta a Francia”.

Desde los años 90 del pasado siglo, el terror indiscriminado contra la población civil ha explosionado en el mundo transformando las ciudades en campos del horror y la destrucción. Primero Al Qaeda y ahora el ISIS, han protagonizado el uso del terror para imponer su visión totalitaria y cainita. Matar al infiel o al apóstata, es decir a todos los seres humanos que no acepten su doctrina, se ha convertido en su razón existencial. En nombre de Dios, los dirigentes yihadistas han decidido destruir el mundo libre, señalando la libertad como el nefando pecado que induce a los hombres a desobedecer el mandato divino y organizar su convivencia en paz basada en la razón y el diálogo. Han seducido a jóvenes marginados y sin esperanzas, inoculando en ellos el odio y el rencor contra sus semejantes, contra la sociedad que les ha educado, transformándolos en grotescos héroes del terror y la muerte. No se trata, sin embargo, de una nueva guerra de religión, ni de una guerra de invasión o defensa, ni de un nuevo reparto de poder geoestratégico entre las naciones del mundo, sino de la guerra de la barbarie, del odio y la ignorancia contra la Civilización, contra la cultura de la tolerancia y la libertad, contra los valores que fundamentan las sociedades libres y son la salvaguarda frente al obscurantismo, el fanatismo y la tiranía.

Pero se trata de una guerra -con toda la gravedad de esta palabra y sus consecuencias-, no del terror de unos simples energúmenos fanatizados por el odio al diferente o el falaz sueño de una liberación prometida. Una guerra a muerte entre la barbarie y la Civilización, entre las tinieblas y la luz, en la que no hay posibilidad de diálogo ni acuerdo, pues el objetivo del siniestro enemigo al que nos enfrentamos es la destrucción del mundo libre tal como lo conocemos. Pero no exageremos su sombra. A pesar de la crueldad y efectividad de sus ataques, a pesar de su ubicua y sanguinaria amenaza, a pesar de la brutalidad y el espanto con los que nos golpean, calificar de tercera guerra mundial el ataque de un pequeño ejército de 30.000 efectivos contra el resto del mundo, sería concederle una categoría que no le corresponde.

Sí, estamos en guerra, “y la vamos a ganar”, ha asegurado el presidente Hollande. La Civilización ganará de nuevo el combate contra el totalitarismo y la sinrazón, del mismo modo que supo hacerlo hace 80 años contra el imperio nazi. Y lo hará sin detrimento de la libertad y los derechos cívicos; sin quebranto de nuestra dignidad e independencia de ciudadanos libres, no súbditos; sin menoscabo de la seguridad y la convivencia en paz de nuestros pueblos y ciudades. Como entonces, venceremos a los fanáticos y destruiremos su tiranía del terror, aunque nos cueste sangre, sudor y lágrimas.