Sencillamente humanos

Por fin el presidente Rajoy se manifiesta. No le gustan los debates, pero aparcado ya el plasma como medio de comunicación con los ciudadanos, ayer acudió a una tertulia deportiva de la Cope para rematar el regate asegurando que confía en él, que se conoce y no duda, que se piensa votar porque es lo mejor para los españoles. Pueden ustedes estar tranquilos. Haré justicia, dice sin el menor empacho. En otro plató, la casa de Bertín Osborne, el jefe de la oposición no le va a la zaga, y como mejor actor y más guapo, compite con el presidente en galanura y sinceridad. Está enamoradísimo de su esposa, le regala flores por primavera y no se arredra ante la encimera de la cocina, pero confiesa sin embozo que antes de asentar la cabeza era un ligón y se merendaba cuanto bueno pasaba con faldas ante sus cejas.

Humanizar. Es la palabra de moda. Faltos de argumentos convincentes, nuestros políticos se han tirado a la arena mediática y se prodigan en los platós como flamantes hombres del espectáculo. ¿Acaso no es la representación un genuino acto de teatro? ¿Por qué debemos pedirles lo que no estamos dispuestos a dar? Con pimpante sinceridad, nos cuentan su irrenunciable costumbre a desayunar con sus hijos -a pesar de la intensa agenda que su actividad ocupa-; sus aficiones deportivas –aunque no las practican todo lo que quisieran-; sus habilidades culinarias –que siempre han deseado cultivar y ahora no pueden por falta de tiempo-; sus gustos y preferencias en el esparcimiento –esa película que está de moda, o el libro, sí, el libro, que tienen en la mesita de noche y devoran antes de que el sueño rompa su placentera lectura-. En fin, nos muestran su lado más humano y sencillo, ajeno a las disputas y controversias políticas, distante de los ámbitos del poder en los que se toman esas decisiones que para bien o para mal tanto nos afectan.

Quieren ganar nuestra confianza, quieren nuestro voto en las próximas elecciones, y para esto es necesario convencer. No con proyectos y programas, que además de aburridos no piensan cumplir, sino con sencillez, garbo y desenfado sobre sus gustos y afectos particulares, anécdotas íntimas nunca rebeladas y cándidos deseos que todos podemos compartir. En definitiva: humanizarse. Quieren nuestro voto sin pedírnoslo, para ocupar un asiento dorado en la sede de la soberanía nacional. Porque si se lo damos a ellos, que son como cualquiera de nosotros, que juegan al futbol, van al cine, ejercen de cocinillas, se sueltan la melena en el karaoke y brincan o zapatean cuando la ocasión lo requiere, estaremos llevando al Parlamento a quienes sin duda alzarán la voz a favor de ese anhelo de paz y justicia, igualdad, solidaridad y fraternidad, que para nosotros, el común, es la solución a los problemas cotidianos, a esa angustia por no llegar a fin de mes, por no poder pagar la factura de la luz o deber confiar el presente de nuestros hijos al aleatorio azar.

Sencillamente humanos. ¿Acaso no es suficiente? ¿Qué más podemos pedir a nuestros futuros regidores? Como si la inteligencia, la habilidad y la cordura en la gobernanza de la cosa pública no tuvieran que ver con la sinceridad en el menudeo de unos gustos y hábitos aceptados, el compasivo recuerdo de pasadas travesuras juveniles o la ingenua complacencia de esa ineludible y grata rutina que constituye nuestra vida.