Yo o el caos

Rajoy echa mano de nuevo del Kit de Presidente, ese conjunto de aforismos y eslóganes que parecen recibir todos los inquilinos cuando llegan al Palacio de la Moncloa. Yo o el caos.  España necesita estabilidad. Y la estabilidad, ¿quién lo duda?, sólo puede garantizarse con su continuidad como Presidente.

Encerrado en el palacio presidencial, Rajoy ha mantenido durante estos cuatro años una lucha titánica contra sí mismo. “Yo he sido mi principal rival”, reconoció en una entrevista reciente, para justificar que las duras e injustas decisiones que debió tomar fueron contra su voluntad, porque no es nada fácil gobernar. Poco importaban las demandas de la oposición; menos aún las de la inmensa mayoría de los ciudadanos que le pedían que rectificara; que tuviera un poco de sensibilidad social; que rescatara a las personas a la vez que a los bancos; que pusiera orden en su gente, desbocada en particulares tropelías de pillaje. Han sido cuatro años muy duros, en los que a la feroz lucha interior se ha sumado la incomprensión general por los sacrificios impuestos. Pero ahora ha llegado la recuperación, y no podemos ponerla en peligro cambiando de jinete, aunque el caballo ya no atienda sus órdenes y prefiera trotar por el campo lejos de la pista de carreras y dar coces al aire como si le hubiera picado un insolente tábano.

Entregado al afán pedagógico, tan descuidado en los últimos años, no deja pasar un día sin recordarnos los peligros que nos acechan como país y lo mucho que podemos perder como ciudadanos de no continuar él al frente del Gobierno.  A dos meses de las elecciones, quiere explicarse mejor, sin plasmas ni intermediarios. Quiere decirnos, por si no lo sabemos, que España está en peligro, y que la garantía de que no sea desgarrada en jirones por los independentistas es un Gobierno fuerte, apoyado por un partido serio y responsable, no surgido al calor de tertulias televisivas o mareas proteicas, sino crecido en la eficiente gestión publica, esa que reserva para los gestores y sus adláteres una parte de lo recaudado como legítimo premio. Nos asegura que estamos en el camino de la recuperación; que ya hemos salido del túnel, aunque algunos se nieguen a aceptarlo, y que no estamos para experimentos. “Mientras sea Presidente, aquí no va a haber fracturas ni dramas”, asegura.

Sin embargo, una duda queda en el aire cargado de énfasis marcial y apodíctico. ¿Será capaz de ilusionar a los españoles con un renovado proyecto quien no ha tenido la sensibilidad para priorizar su rescate sobre el de los bancos, ni la valentía para cortar de raíz la corrupción en sus filas, y menos aún la audacia  para proponer las reformas democráticas que conviertan a esos ciudadanos, “con ojos y boca”, como le gustaba recordar cuando bregaba por los campos de la oposición, en los  verdaderos protagonistas de su destino?