Acicate de Insultos y exabruptos

Era un debate previsto. Rajoy pensaba que su oponente se cebaría en la corrupción, en su impasibilidad ante el despojo de los recursos públicos, en su connivencia con los tramposos, “Luis, lo entiendo. Sé fuerte”, y estaba preparado para limpiar la caspa de sus hombros con las cifras macroeconómicas que avalan la salida de la recesión. Sánchez necesitaba reafirmarse ante los suyos, menguado por los últimos enfrentamientos con los líderes emergentes. Le echaría en cara los recortes en derechos, el desmochado estado de bienestar, la rampante precariedad de los trabajadores, la desangrada hucha de los pensionistas, la intolerable desigualdad de género. Sería un combate de golpes en los flancos, majando los hígados, algún derechazo al mentón, tal vez un hematoma en el párpado. Amagar odio para ahuyentar el compadreo tras años de turno. Y el flamante campeón resistía flemático. “Me acusa de recortes, pero no lo demuestra con cifras”, le dijo. Dice que yo he recortado, pero lo que he asegurado es que no haya más recortes, porque el verdadero recorte en gasto social proviene del desempleo, de los tres millones y medio de trabajadores que su partido mandó al paro, le soltó a bocajarro.

Entonces el aspirante pensó que con aquellas maneras elegantes ni lo tumbaría ni convencería a la audiencia. Que todo se resumiría en denuncias y refutaciones, en un hiciste lo que no se debía hacer y yo voy a corregir si tengo la confianza de los ciudadanos. Por eso, no le quedaba otra opción. Si quería salvarse y salvarlo, si quería hacer aquel combate creíble, debía correr la sangre. Tensó los músculos faciales, afiló los labios y adelantó la cabeza hacia su adversario. “Usted no es una persona decente”, le espetó a boca partida. Usted no merece presidir el Gobierno. Y el campeón se revolvió. Ruin, mezquino, miserable, deleznable, contestó airado. Fue un momento bronco. De esos que abundan en los realitys para incrementar la audiencia. “Y tú más”, se lanzaban a la cara sin contemplaciones. Los gestos, crispados, se acomodaron a la acre controversia, y la sangre afloraba en las conjuntivas.

Por un momento el bipartidismo se acreditaba en el exabrupto. De nuevo había verdadera oposición al Gobierno. Nada de turno complaciente, sino pelea arriscada, sin concesiones; porque el poder no se entrega, se conquista. Sin embargo, los dos contendientes sabían que a pesar de los malos modos y de los insultos, aquel combate era entre socios. ¡Tantos años intercambiando poder y oposición! ¡Tantos años alternando propuestas y réplicas! Los verdaderos adversarios, los que aspiran a sustituirlos en el ring estaban fuera. Les observaban desde otras talanqueras mediáticas dispuestos a reseñar su periclitado estilo, su irrefutable obsolescencia, tal vez un signo de amaño o estafa. Por eso no debían bajar la guardia. Tampoco a la salida. Tenían que convencer a los propios, ganar a los indecisos y neutralizar a críticos y agnósticos. Tenían que explicarles a los ciudadanos que no es lo mismo PP que PSOE. Que si quieren castigar al Gobierno, hay alternancia conocida. Que no es necesario una cita a ciegas, ni entregarse en brazos de los nonatos. Solvencia, seguridad, certidumbre, ofrecía el campeón, y el aspirante le replicaba: responsabilidad, sinceridad y reforma. El bipartidismo renacía de sus cenizas.