Entre lo viejo y lo nuevo

Son muchos los damnificados por esta crisis. Son demasiados los que han descubierto, para su sorpresa, que la política tiene mucha más influencia en su vida cotidiana de lo que hasta ayer pensaban, y que la indefensión en la que se encuentran no es compatible con un Estado moderno. Habituados a votar por simpatía a quienes les prometían paz y bienestar, progreso e igualdad, han descubierto que los elegidos suelen olvidar las promesas cuando se instalan en el Gobierno, y que ni las buenas palabras ni los compromisos proclamados en público tienen por qué compadecerse con la sinceridad y la transparencia.

Desengañados de unos políticos que han convertido su temporal y generoso servicio a la sociedad en próspero y perpetuo negocio, los estudios de opinión anuncian que los españoles han decidido cambiar lo viejo conocido por lo nuevo ignoto, dando su confianza a los partidos emergentes. Ya no les valen las probas recomendaciones sobre la falta de experiencia o el parco valor de lo nuevo para dirimir su elección, ni el temor al abismo que lo desconocido entraña. Quieren dar una oportunidad a lo nuevo y asumir el importante riesgo que sin duda conlleva.

No faltarán los analistas que se apresuren a estigmatizar de banal o carente de cordura esta peligrosa cita a ciegas. Descalificar lo nuevo como fruto de la moda, de la novedad o de su carácter efímero, porque pronto devendrá en viejo, no parece más acendrado que dar valor a lo viejo por ya conocido y reiterado, por más perjuicios y sufrimientos que su obsolescencia provoque. Si nos atuviéramos en exclusiva a este falaz criterio, el mundo no habría avanzado y seguiríamos habitando las cavernas, temerosos de que la luz pudiera cegar nuestros ojos o dañar nuestra piel

Pero antes de repudiar un cambio que las encuestas anuncian y la vieja política teme, deberíamos indagar las razones que pueden inducir a los españoles a tal despropósito. Sin pretender ser exhaustivo, tal vez hayan descubierto perplejos la gran diferencia entre voluntad estatal y voluntad general y cómo una opinión abrumadoramente mayoritaria es despreciada por los gobernantes sin embozo. Tal vez les haya sorprendido comprobar cómo los ayer elegidos no rindan cuentas de sus decisiones, ni son responsables de sus actos, ni asumen perjuicio alguno por sus errores, relegada la aleatoria condena a la no reelección cuando ya no disponen del cargo. Tal vez, también les haya inquietado saber que tras la profusa y extensa corrupción que gangrena nuestra Democracia, ni este gobierno ni los anteriores hayan tomado medidas preventivas eficaces para atajarla, a pesar de reiterados anuncios de regeneración. Y sin duda les habrá alarmado enterarse de que no existen los procedimientos adecuados para emendar o corregir graves decisiones de gobierno si éste cuenta con la mayoría parlamentaria.

Tal vez todas estas razones, y algunas más que despierta la vieja política, como la endogamia, el clientelismo, la corrupción, la opacidad, la ineficiencia y la insensibilidad hacia los problemas reales de los ciudadanos, sirvan de explicación para esa cita a ciegas con lo nuevo por la que los españoles parecen decantarse. Como hace cien años denunciaba Ortega, la vieja política de hoy -es decir, el bipartidismo-, ha perdido también el contacto con la realidad, y privados de los procedimientos que permitan su renovación, “se han ido anquilosando, petrificando, y, consecuentemente, han ido perdiendo toda intimidad con la nación”. No se trataría, pues, hoy como ayer, de elegir lo nuevo por serlo, por el atractivo de la novedad o por su virginidad primigenia, sino porque es la esperanza de mejorar la justicia y la equidad, la igualdad de oportunidades y la redistribución de la riqueza, que la élite extractiva que nos gobierna y nuestro sistema político no son capaces de ofrecer.