Tramoya de amagos

 

Ahora, más que nunca, podremos comprobar la inteligencia y habilidad de nuestros políticos. Ahora, más que nunca, podremos diferenciar la voluntad de servicio y la sinceridad de nuestros elegidos. Nos dijeron que estaban dispuestos a todo para nuestro mayor bienestar. Que acabarían con la marginación y la exclusión social, que aumentarían el empleo y su calidad, que lucharían por la equidad y la justicia, por mejorar la democracia, por limar los privilegios, por alumbrar un nuevo país en el que encajar los nuevos modos de organizar su diversidad.

Nos aseguraron que si les elegíamos, el sueño utópico de bienestar, igualdad y justicia se pondría en marcha y empezaríamos a ver sus dulces frutos. Para lograrlo, unos hablaban de asegurar la estabilidad, la seguridad y la certidumbre, sin las cuales ningún proyecto de Gobierno podrá recuperar la senda del progreso; otros, que derogar las leyes injustas y abordar las reformas pendientes, era el quid sobre el que pivota nuestra actual precariedad e insatisfacción; algunos aseguraron que para resolver el problema había que conquistar el cielo, pues sus puertas no se abrirán a los pobres mortales de buena gana, sino tras la pelea; y otros más que debíamos modernizar el régimen y emendar sus fallos democráticos, porque había quedado obsoleto y ya no ilusionaba ni admitía la menor esperanza.

Todos insistían en el diálogo, la negociación y el acuerdo como el camino necesario para lograr nuestro bienestar y caminar hacia la equidad. Y sin embargo, pronto aparecieron las líneas rojas, la talanquera desde la que arrojar al oponente los agravios y las condiciones, los ardides y las trampas, para pillarlo con el paso cambiado o entregarle ruedas de molino para comulgar.

De la nueva política esperábamos algo nuevo, más allá de la novedad de propuestas o programas o de las perentorias reformas. Esperábamos un nuevo modo de llegar a acuerdos, de construir consensos, de integrar a las minorías en un proyecto común. Pensábamos que nos sorprenderían con un nuevo Arte de la Política que consiguiera hacer compatible los intereses opuestos, sumar en lugar de restar, unir en vez de dividir. Pero empezamos a descubrir que no todo el monte es orégano y que las buenas intenciones se quedan en las palabras. Los hay dialogantes y optimistas a fuego, pero también egoístas y torticeros, maestros en añagazas y celadas, que ponen su sillón y protagonismo por encima del bien común que proclaman. Tendremos que distinguir el trigo de la paja y las voces de los ecos, para poder orientarnos en esta tramoya de amagos en que ha devenido el cambio de turno.