El Míster arrogante

 

Por respeto institucional, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, se ha saltado el protocolo y ha informado al Rey que quiere formar Gobierno con el PSOE, sin haber consultado antes con Sánchez. A la salida de la recepción de su Majestad, ha comunicado a la opinión pública mediante una rueda de prensa sus intenciones y su deseo de pacto a su ignorado socio, advirtiéndole de que estará muy atento para que no se desvíe del acuerdo nonato.

Sorprende la alta confianza en las propias fuerzas y en el apoyo popular recibido, y también, su particular sentido de la realidad que considera a sus 42 diputados, más los 23 de las confluencias -de un total de 350-, esa mayoría suficiente para constituir Gobierno, nombrar a los posibles socios, reservarse la vicepresidencia y algunas carteras ministeriales, imponer el programa de los cien primeros días y proclamarse vigilante auditor. Sorprende, asimismo, su arrogancia al conceder credenciales de cambio y progreso a los adversarios, reservando para su grupo y las confluencias la exclusividad, cuando mucho antes de que él y los suyos aparecieran, algunos más ya luchábamos y escribíamos sobre la urgente reforma democrática y la necesidad de regeneración. Y más que sorprender, desilusiona la gramática testicular que impregna su puesta en escena, amenazando, en este caso, con romper la baraja antes de sentarse a la mesa.

Uno sospecha que la prepotencia que exhibe el líder de Podemos tiene más que ver con la demostración de fuerza ante sus huestes y socios, que con la voluntad de negociar y alcanzar pactos con el oponente. Si un grupo político de parca representación parlamentaria pretende un acuerdo con otro de cara a la formación de un gobierno de coalición, parece que la prudencia y la discreción son condiciones imprescindibles para llegar a buen puerto. Por eso, más que una mano tendida, la oferta a quemarropa de Iglesias a Sánchez parece un intento indisimulado de estrangulación, cuando no el avieso anuncio del deseo de suplantación.

Iglesias no sólo ha humillado al líder socialista ante los suyos, asegurando que no manda en su gente y recordándole la deuda con él contraída si “una sonrisa del destino” le permitiera ser Presidente; sino que lo degrada ante su electorado al afirmar que no se fía de él, que será atento vigilante de sus promesas, y que la mejor garantía de que las cumpla es que él y los suyos formen parte de ese Gobierno mentado para sancionar sus previsibles traiciones. Como un arrogante entrenador, no oculta que lo enviará al banquillo en cuanto su juego no le satisfaga.

Aunque neófito en la lid política, Pablo Iglesias no es un ignaro. Tiene en su haber la condición de profesor y asesor político, por lo que la imprudencia y la falta de tacto, el adanismo y el dogmatismo, no deben achacársele a inadvertencia o desconocimiento, sino a un intento deliberado por epatar y atraer a los descontentos con un estilo desenfadado y provocador, más tributario de la algarada callejera que de la reflexión a la luz de las teorías políticas.

Adalid del cambio y la nueva política, preocupan sus ticts de mando y ordeno, la jactancia, el monopolio de la voluntad del pueblo, la avidez en el reparto de puestos y subvenciones, el maniqueísmo, el desdén de los oponentes y la exclusión del discrepante, actitudes que definen a la vieja política y que sin embargo afloran en su discurso con el vigor de la grama segada.