Nueva política y mercadotecnia

El inició de la nueva legislatura ha confirmado las expectativas de renovación para mayor gloria de los medios audiovisuales y de muchos espectadores, necesitados de estímulos lúdicos y fruitivos en la árida austeridad rajoniana. Las lágrimas de Pablo Iglesias, el protagonismo del bebé de Carolina Bescansa, los puños revolucionarios al aire y la transgresión en los juramentos y promesas en la toma de posesión de los diputados, alertaron a los no avisados de que ya nada va a ser como antes. No sólo tenemos un Congreso plural y diverso, sino que las nuevas señorías están dispuestas a marcar distancias con la vieja política desde el primer día, y no sólo lo van a hacer con propuestas e ideas, sino con atuendos y gestos. ¿No queríamos que la antipolítica participara en las instituciones? Pues ya la tenemos, haciendo gala de su desenfadado y rebeldía.

Nada que objetar al nuevo estilo y atuendo de nuestros representantes. Nada, al repudio de los viejos modos y hábitos de la vieja política, la de la corrupción, el pasteleo y el reparto de prebendas y privilegios al socaire de la corrección institucional. Por fin la calle entra en el Congreso y el aspecto de sus señorías se parece a la gente que habita nuestro país. Trajes y corbatas se alternarán con jerséis y rastas, como en cualquier plaza o calle de nuestras ciudades, convirtiendo el Congreso en el Foro donde los ciudadanos exponen sus ideas y soluciones sobre los problemas que a todos nos afectan, también a esas mujeres y hombres que tienen “ojos y bocas” -como diría el actual presidente-, y padecen las insensatas decisiones de sus gobernantes. Sin embargo, todo este empeño por hacer visibles las diferencias, por escenificar el rechazo de una forma de hacer política y sus deletéreos efectos, perdería su sentido y legitimidad si sólo se quedara en eso: en un gesto publicitario. No en vano estamos advertidos, pues tuvimos hace poco un presidente que gustaba y abusaba de la mercadotecnia como instrumento de la gobernanza, mientras arruinaba el país y mandaba al paro a millones de empleados.

Aunque algunos no lo crean, la Democracia es un régimen político que no se inventó ayer. Aristóteles pensaba que la Democracia era la degeneración de la República, régimen que para él expresaba plenamente el gobierno del pueblo. La Democracia llevaba implícito el riesgo de la demagogia, y no era el gobierno de toda la sociedad, sino tan sólo de una parte: los pobres. En España, nuestra democracia cumple 37 años de uso. Nos ha servido para entendernos, integrar intereses y canalizar pulsiones políticas de forma pacífica, para progresar como país y disminuir las desigualdades, para aumentar la justicia y la redistribución de la riqueza; pero el paso del tiempo ha convertido el bello edificio que construimos en la Transición en un vetusto palacio desconchado y cubierto de grietas. Ignorar su deterioro y obsolescencia no sólo es una torpeza, sino un flaco favor a la convivencia en paz entre los españoles. Por eso es perentoria la obligación de remozarlo, corregir las deficiencias de origen y enmendar las de uso, evitar sus riesgos implícitos y no destruirlo, para que siga sirviéndonos como un régimen de libertad, igualdad y progreso.

Que los nuevos modos que asoman en el Parlamento no se queden en gestos publicitarios y sirvan para acometer con respeto y consenso las urgentes reformas que necesita.