Pragmatismo caudino

Parecía pétreo, inamovible como una esfinge, refractario al menor soplo de aire nuevo, y de repente se nos muestra como adalid reformista, promotor de acuerdos y cesiones, enemigo de las líneas rojas. No es crítica, sino sorpresa benévola comprobar que quien ha dirigido España durante cuatro años, incapaz de entender sus problemas y de escuchar las quejas y anhelos de sus compatriotas, se transforme en un par de semanas en la quintaesencia del pragmatismo. Ya no es necesario saber qué tipo de reforma constitucional queremos, o si son mejorables las leyes laboral o electoral. Si hay que reformar la Constitución, se reforma; si hay que corregir o derogar la Ley laboral, se corrige o deroga; y si debemos cambiar la electoral para que el voto de cada elector valga lo mismo y la representación parlamentaria sea plural pues plural y diversa es España, se cambia. ¿Quién dijo miedo a las reformas? Madrid bien vale una misa, o mejor: presidir el nuevo Gobierno, continuar en el dorado encierro de la Moncloa, no desmerece un paseo democrático entre las multitudes de La puerta del Sol.

España ha dejado de ser lo que era, y Rajoy no va a ser el último en salir de la caverna cuando se apaguen las luces. Así que puestos a reformar, el presidente en funciones y candidato invicto del PP a las no deseadas próximas elecciones, se nos presenta ahora como el más convencido reformista. “Yo no me cierro a nada”, asegura pidiendo paz y perdón a los supuestos derrotados, como Postumio Albino y Veturio Calvino aceptaron pasar por las horcas caudinas de Cayo Poncio para salvar su vida y la de sus legiones. “Yo no tengo líneas rojas para pactar”. “Debemos hacer de la necesidad virtud”, proclama encantado de la gran oportunidad de consenso que ahora se presenta. Porque a él lo que le pide el cuerpo, lo que siempre ha deseado desde lo más profundo de su ser pero el tiempo político lo impedía, era negociar, consensuar, integrar las ideas de los demás con las suyas, fusionar los lacerantes antagonismos en un gran proyecto común. Y este es el momento de mostrar al mundo su verdadero ser, su genuina personalidad política sometida por las fuerzas de la reacción y las imposiciones de Bruselas. “Estamos obligados a pactar y a ceder”, concluye satisfecho por el nuevo escenario político que los españoles le hemos entregado con pristina claridad.

¡Una verdadera dicha poder dialogar, negociar y ceder, en lugar de imponer, decretar y mandar! ¡Una verdadera fiesta democrática poder compartir las decisiones e implicar a los diferentes en el gran proyecto común de España! Lástima que este espíritu pragmático, de generosa negociación y acuerdo político con los oponentes, haya llegado tan tarde, pues nos hubiera ahorrado unos años de cerrazón, impotencia y sufrimiento. ¡Bienvenido Rajoy al consenso y al pacto democrático, aunque sea forzado por la maldita aritmética parlamentaria!