La decisión de David

David está nervioso. Es un joven risueño e idealista, pero cuando piensa en el futuro, lo ve incierto. Cree que algunas cosas deben mejorar y otras cambiar. Es la primera vez que va a ejercer el derecho de voto y no quiere equivocarse. En estas semanas de campaña ha visto varios debates en la televisión. Le pareció que todos los candidatos tenían buena parte de razón, que eran sinceros y estaban convencidos de la justicia de sus propuestas, pero aún no ha decidido a quién votar. Sin embargo, en su casa, en el instituto y en la calle, las opiniones son diferentes. Muchos tienen claro quién es su preferido, aunque no tanto los motivos de su elección. Unos dicen que votarán por simpatía; otros, por miedo a la novedad o a lo ya conocido y odiado; y algunos, porque es lo mejor para el país. David no lo tiene tan claro. Cree que es importante el nombre de quien gobierne, porque de sus decisiones dependerá ese futuro que ve colmado de interrogantes. Hay demasiado paro, demasiada gente esperando una oportunidad, demasiada desigualdad, demasiadas expectativas con una esperanza sombría. Pero ninguno de los candidatos termina de convencerle. Si pudiera, le daría el voto a todos, para que entre todos formaran el Gobierno y aplicaran sus brillantes soluciones. Sin embargo, sólo puede votar a uno de ellos; es decir, a la lista que encabeza; o no votar a ninguno. Aún tiene todo un día por delante para pensarlo, y con tranquilidad, intentará que no le condicionen los sentimientos, las opiniones de amigos y familiares, el bombardeo de los medios audiovisuales y la efervescencia de las redes sociales. No sabe si logrará liberarse de todas esas influencias, pero quiere que su decisión se base en las razones, la sinceridad, la coherencia y la verosimilitud de los candidatos, y por supuesto en el interés general de sus propuestas, porque no desea ningún beneficio que pueda perjudicar a los demás.

Como David, muchos ciudadanos se acercarán a las urnas este domingo con la intención de que su voto sirva para enderezar el país, corregir los errores del pasado y dejar atrás el sufrimiento, la desigualdad y la falta de expectativas que ha traído la crisis. Quieren que su voto sirva para elegir al buen Gobierno, al Gobierno de los mejores, de los que saben, tienen vocación de servicio, valor y honradez para afrontar los retos a los que nuestro país se enfrenta y empatía con los más desafortunados.

Sin duda, el voto es uno de los instrumentos más importantes con el que los ciudadanos contamos para influir en la gobernanza de lo común, aunque no el único. Lincoln definió la Democracia moderna como el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, para remarcar el protagonismo del pueblo como sujeto y objeto principal del nuevo régimen político. En la Democracia es el pueblo el que manda, el que tiene la titularidad del poder y el disfrute de sus decisiones. Pero poseer la titularidad no significa disponer también de su ejercicio, que por imposibilidad práctica debe delegar en una minoría, y esa minoría es la que seleccionamos en las elecciones, con el mandato de que busque el bien común y sea fiel a la voluntad general. Del mismo modo que el bien común es aquello que beneficia a la comunidad como colectividad pero no a los intereses particulares, la voluntad general no será la suma de las voluntades individuales, sino aquella que responde al interés común. “Quitad de estas mismas voluntades el más y el menos, que se destruyen mutuamente, y queda como suma de las diferencias la voluntad general”, dice Rousseau. Sin embargo, el significado de ésta no es tan fácil de conocer. Aunque la mayoría electoral surgida de las urnas resume la voluntad que más se le aproxima, no podemos olvidar que la traducción de votos en escaños conlleva una sesgada interpretación, no sólo a través de la ponderación del voto y la proporcionalidad asignada, sino por la limitada libertad de elección del elector y su independencia de juicio, matizadas tanto por la ley electoral como por las influencias de grupo o familia, de los productores de opinión y del mismo Gobierno.

Desde luego, en el sentido del voto influyen múltiples factores, entre los que la ideología, las referencias generacionales, las fidelidades afectivas, los gustos culturales y los sentimientos compartidos tienen mucho mayor peso que la razón o el interés general. Como expone Berelson en El pueblo elije, las preferencias políticas y los gustos culturales se corresponden, compartiendo un mismo grupo étnico, grupal o familiar. “Ambos parecen materia de sentimientos y de disposición, más que materia de preferencia razonada”. De este modo, nos dejamos llevar por sentimientos y fidelidades que pueden contradecir, no ya el interés general sino el mismo interés particular que buscamos con la elección. De ahí los arrepentimientos, las abjuraciones o el desencanto, al descubrir a posteriori que aquellos que habíamos elegido han frustrado nuestros deseos y expectativas.

Como tantos ciudadanos, David espera no equivocarse en su elección, y contribuir con el sentido de su voto a que España logre el mejor de los gobiernos posibles que nos sitúe en la senda de una sociedad más justa, libre e igual. También yo deseo que lo logre, pues su éxito será el de todos.