Tiempo del membrillo

(Nuestros políticos parecen hábiles en la denuncia de las injusticias y los agravios, pero no en la asunción de las propias responsabilidades)                                                                                               

Las lluvias de estos últimos días y el alivio de la temperatura no han perjudicado la floresta del jardín, que persiste exuberante a pesar de que ya hemos entrado en otoño. Los membrillos crecieron con el agua caída y el color verde claro se tornó amarillento. Esperaremos tranquilos a que pierda la pelusilla y cobre un tono dorado antes de que madure en el árbol para hacer la cosecha. Tiempo de espera para recoger esta fruta aromática, agria y áspera, que los antiguos griegos llamaban manzana de Cidonia, las novias mordían en la noche de bodas para perfumar el primer beso y hoy usamos como emoliente para restañar las heridas o aliviar los males de las entrañas.

Al igual que con la cosecha del membrillo, nuestros políticos también se han tomado un tiempo para resolver sus diferencias. Tiempo a la espera del resultado de las elecciones de Galicia y el País Vasco, o para una nueva ronda de contactos o amago de investidura hasta que termine el plazo constitucional. En una continua huida hacia delante, Sánchez ha convocado al Comité Federal para el 1 de octubre, una semana después de la profetizada debacle socialista en las elecciones autonómicas. Necesita tiempo para que madure el membrillo y alivie sus duelos, pero mientras tanto llevará un doble as en la manga contra sus críticos. Una consulta a la militancia que ratifique su no a Rajoy y al PP y una propuesta de Gobierno alternativo con Podemos y Ciudadanos, que tanto Iglesias como Rivera se han apresurado a denostar. En la campaña gallega, el líder socialista ha reiterado que su no a Rajoy no es una cuestión personal, y ha pedido a sus incompatibles socios “que levanten los vetos cruzados”. Si no hay Gobierno del Cambio, será su responsabilidad.

Como un atávico mal del alma hispana, nuestros políticos parecen hábiles en la denuncia de las injusticias y los agravios, pero no tanto en la asunción de las propias responsabilidades o en la puesta en práctica de los remedios. Ninguno se ha sentido aludido por el discurso del Rey ante la Asamblea de la Naciones Unidas, porque quienes obstaculizan el diálogo y el acuerdo y no atienden al sentido del deber siempre son los otros, responsables sin duda del bloqueo y el malestar general. Antes que nadie, Rajoy se ha apresurado a mostrar su conformidad con el mensaje real y a insistir en el valor del diálogo para lograr un gobierno estable y cierto. Con su apabullante sentido común, ha declarado que hay que darle una salida a España. “Lo intenté, pero me faltaron seis votos”, se disculpó, para a continuación asegurar que si hay nuevas elecciones el PP las volverá a ganar.

Conocemos bien la proba cantinela. Ninguno desea unas terceras elecciones, aunque no sean capaces de llegar a un pacto que permita la gobernabilidad, apruebe los Presupuestos o disminuya el largo tiempo de espera constitucional. Sin embargo, sí lo son para acordar una reforma que nos permita acudir a las urnas antes de cantar jubilosos Noche de paz y tascar con deleite las almendras peladas. ¡Un alivio, oiga! Que los políticos también tienen sentimientos.

Dicen los estudios de opinión que hay hastío y desengaño entre los ciudadanos, no sólo respecto a los viejos partidos sino también a los nuevos, por no haber sabido los primeros contener los desmanes, o convertir, los segundos, en acción de gobierno el deseo de cambio y regeneración. Vaticinan que en caso de nuevas elecciones ganará la abstención y que las preferencias políticas serán similares a las de la última cita; por lo que si no cambiamos de jinetes en la nueva carrera, volveremos a estar en una situación parecida. Claro que, para entonces, habremos cosechado el membrillo, y los políticos podrán templar sus duelos y perfumar sus rencores con la áspera y aromática manzana de Cidonia. Tal vez tengamos suerte y evitemos un nuevo bloqueo.