La levedad del significante vacío

(El mensaje podrá ser sencillo, pero nunca debe contrariar la obviedad de la réplica)                

Llega el otoño a la cornisa cantábrica con temporal en la costa y lluvias generalizadas en el norte. Aunque el agua no ha llegado aún a las mesetas, cambiaremos la ropa de los armarios para el fin de semana. El pronóstico del tiempo habla de bajada de las temperaturas y aumento de la humedad. Tendremos que recuperar la cazadora por si algún chubasco inoportuno nos coge desprevenidos.

Pedro Sánchez se ha guarnecido de abrigo ante las posibles inclemencias, no tanto meteorológicas como políticas. Ha optado por la desaparición. No acudió el martes como un diputado más a la reunión con Javier Fernández, el nuevo jefe del PSOE. No quiso escuchar la explicación de que el partido mantiene el no a Rajoy y al PP, así como el rechazo a nuevas elecciones como dogma temporal, porque sabe que si perdió el mando fue precisamente por conducir al país a unos nuevos comicios y persistir en la sangría electoral que se produjo en los cinco últimos. No quiso oír, por boca de su sustituto, los recibidos consejos de los viejos patrones que le habían alzado a la secretaria general: que debía permitir gobernar a Rajoy, que abstención no era lo mismo que apoyo, y que la peor solución para el partido y para el país era ir a una nueva cita con las urnas. Tampoco quiso saber que la Comisión Gestora no piensa consultar a la militancia sobre esta decisión, y que no habrá libertad de voto en el grupo socialista.

Con el pasado del PP en el banquillo por la Gürtel y las tarjetas Black, va ser más difícil aún a la nueva dirección socialista explicar la venia para que Rajoy gobierne. Cuando el lenguaje binario se instala en la política, desaparecen los matices, la razón deja paso al sentimiento y la pasión se adueña del juicio. ¿Cómo justificar el proclamado antagonismo con la derecha si se le permite gobernar? En caso de que esto ocurriera, el “no es no” de Sánchez se convertiría en un sí es sí de la Comisión Gestora, por muchas condiciones que se impusieran o desastres que se conjuraran. Después de haber reseñado su identidad en el rechazo a un gobierno de la derecha, la abstención socialista desvelaría la levedad del significante vacío que con tanto esmeró como irreflexión cultivó Sánchez.

Al dimitido secretario general le endilgaron numerosos epítetos: Insensato sin escrúpulos, Destructor, Desgarrador, Empecinado o Propopulista; pero nadie le tildó de ingenuo. Ofuscado por el hervor populista, Sánchez se dejó seducir por el discurso de Laclau, creyendo que de este modo resistiría la andanada de Podemos y mantendría el apoyo entre el electorado de izquierdas. “El partido se ha podemizado -reconoció el presidente de la Gestora en una entrevista de la cadena Ser-. No podemos delegar nuestra responsabilidad constantemente en las bases”. Sánchez imitaba a Iglesias porque tenía miedo de ser devorado por él. “Y altas ruinas de que te haces fuerte, más te son amenaza que cimientos”, decía Quevedo. El no a Rajoy y al PP era el significante vacío con el que pretendía embaucar no sólo a progresistas y reformistas, sino a los indignados del “no nos representan”; el talismán que le salvaría de la connivencia con la derecha, del pasteleo del bipartidismo, de la complicidad con los cuarenta años de democracia trucada, dejando al PP como único valedor del agotado régimen. Pero el huero y redundante slogan se llenó de significado, y de no ser nada se convirtió en sinónimo de inestabilidad, inseguridad y bloqueo.

No advirtió Sánchez que la sencillez del mensaje nunca debe contrariar la obviedad de la réplica. Si no permitía que gobernara Rajoy y no disponía de los apoyos para un gobierno alternativo, no habría reformas, y sí elecciones. Tras las sucesivas debacles electorales, los pronósticos auguraban una mayor derrota para los socialistas y el temido sorpasso en caso de nuevos comicios. Esta fue la razón que agotó la paciencia de los críticos y provocó su caída. Ahora será la Comisión Gestora la que deberá elaborar un nuevo discurso que, proclamando el antagonismo al PP, permita su gobierno. “Hay algo peor que un gobierno en minoría de Rajoy, un gobierno en mayoría”, les dijo Javier Fernández a sus diputados para que meditasen sobre la bondad del cambio de rumbo. Pero esta rectificación llega tarde. Aunque Rajoy reitere que no pondrá ninguna condición para la investidura, los socialistas ya han tomado nota de qué significa abstención útil. De momento, tendrán que participar en la estabilidad del Gobierno si no quieren un nuevo varapalo. En política, los errores se pagan.