Los candidatos del pueblo

 La desconfianza hacia los partidos políticos no sólo se fundamenta en la corrupción e ineficacia, sino en su tendencia oligárquica.                                                                                                                            

Instrumentos necesarios de la democracia representativa, los partidos políticos ya no concitan como antaño la confianza de los electores, que no pocos ven como organizaciones parasitadas por camarillas de arribistas e intrigantes, más pendientes de la caja de caudales que de cumplir sus programas. Y esta desconfianza está llevando al poder a líderes que surgen de abajo, estrellas de la comunicación sin supuestas deudas ni servidumbres, que se proclaman genuinos representantes del pueblo, de ese pueblo marginado del poder, ajeno a las decisiones que los gobernantes toman contra sus intereses, al que hasta ahora sólo recordaban en la víspera de las urnas.

En su Juramento de la Presidencia, Trump reiteró su distancia con la clase política y declaró que no estaban transfiriendo el poder de un partido a otro, sino que “lo transferimos desde Washington DC y se lo devolvemos al pueblo”. En Francia, Marine Le Pen, que se reclama asimismo “la candidata del pueblo”, pasó a la segunda vuelta de las presidenciales con la promesa de llevar a los franceses al Elíseo frente a la “globalización rampante”. Pero no sólo la derecha xenófoba y populista se apropia de la representación exclusiva del pueblo. También Macron, el joven exministro de Hollande y vencedor de esta primera vuelta, se presentó como el candidato de los “patriotas franceses”, al margen de los partidos políticos, aunque proceda del Partido Socialista y haya creado el suyo propio, En Marche, un movimiento que agrupa distintas sensibilidades políticas.

En las democracias representativas, los partidos políticos tienen por función representar al pueblo, expresar sus exigencias y canalizar su voluntad pública. Sin embargo, resultado de su ineludible tendencia a la oligarquía -como ya advirtió Michels-, los líderes no sólo se alejan de sus seguidores, sino del mismo pueblo al que pretenden gobernar, formando un círculo endogámico que se retroalimenta y aísla. Este alejamiento se había combatido hasta ahora mediante una estructura jerarquizada que garantizaba la disciplina de los militantes, aseguraba la ejecución de las órdenes y servía para difundir entre la ciudadanía el mensaje social y político del partido y recabar su apoyo electoral. Pero ese apoyo se ha quebrado en los últimos tiempos como corolario de la Gran Recesión y de la profusa y vitriólica comunicación a través de las redes sociales que instiga y enerva la suspicacia.

Varios factores han preparado el cambio de actitud. Por un lado, la corrupción de los gobernantes, que antes parecía ineludible consecuencia de la posesión del poder, hoy se torna inaceptable gabela. Por otro, la dificultad de los partidos políticos para cambiar a los candidatos de dudoso o indigno comportamiento, exhibe con obscenidad su tendencia oligárquica. Y en tercer lugar, el estrecho margen de actuación de los gobiernos en un mundo globalizado, genera entre los electores un sentimiento de desconfianza hacia quienes han monopolizado el poder e incumplido con harta reiteración sus promesas.

Sin embargo, en las democracias representativas son los parlamentos los encargados de aprobar las políticas de los gobiernos, y la formación de mayorías se hace por acuerdos entre grupos, no por alianzas individuales. Vemos en EEUU, cómo Trump es incapaz de sacar adelante sus promesas, a pesar de su pertenencia al Partido Republicano, por no contar con el apoyo de las Cámaras. En Francia, si gana Macrón las presidenciales, tendrá que gobernar con un Parlamento dominado por la oposición, salvo que su embrionario movimiento político consiga una representación suficiente para apoyar su acción de gobierno. En España, Podemos también reclama la exclusiva franquicia del pueblo y excluye al resto de los partidos como representantes de una élite extractiva. Sin embargo, a pesar de que surgió de un movimiento popular y espontáneo, sus dirigentes han optado por un modelo piramidal de organización: el centralismo democrático de los partidos comunistas; aunque traten de suavizar su apariencia con la elección directa del secretario general, pero no así de su consejo de dirección, elegido a discreción por él.

Conocedor de la naturaleza oligárquica de los partidos y su dependencia electoral, Duverger proponía candidaturas libres para las elecciones al Parlamento, pues “los escrutinios de lista, de naturaleza colectiva y partidaria, refuerzan la oligarquía, mientras los escrutinios individuales la atenúan”. Si esa propuesta calara entre nosotros, sería una verdadera revolución para nuestra deficiente Democracia representativa.

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