El nuevo paradigma democrático

       No causan inquietud las disparatadas propuestas de cambio del populismo, sino el nuevo paradigma democrático en el que todo vale

Vivimos tiempos revueltos. Tiempos en los que han caducado los viejos paradigmas de la verdad, la jerarquía de valores o el respeto mutuo, sin que sepamos aún cuáles son sus sustitutos. Bauman percibió que el mundo actual no cree en lo sólido; que los antiguos principios ya no nos sirven; que hemos abandonado el logos de las certezas y necesitamos lo temporal, lo mutable, lo líquido. Sin duda, el sociólogo polaco acertó. Necesitamos el cambio, porque pensamos que las soluciones del pasado no resuelven los problemas del presente. Sin embargo, esa necesidad de novedad, de variación, de innovación, en la que tal vez alberguemos el sueño de la esquiva fortuna, también es nuestra fragilidad y causa de desasosiego.

Al igual que en el periodo de entreguerras con la irrupción del fascismo y el comunismo –que tan fatales consecuencias trajo para la humanidad-, asistimos hoy a una oleada de populismos extremos de izquierda y derecha, con propuestas simples a problemas crónicos y complejos, que reciben el favor de las multitudes, como si del milagroso maná se tratara.

Pero, por más que disparatadas o utópicas, no son esas propuestas de cambio las que generan la inquietud o la alarma, sino la disposición de una parte de la ciudadanía a asumir un nuevo paradigma democrático, en el que las antiguas reglas del juego político son sustituidas por otras más flexibles, más pródigas a sus intereses o deseos, más dúctiles, olvidando el primigenio axioma liberal del respeto a las opiniones y a la libre expresión de los contrarios.

Hace poco menos de un mes era Podemos quien organizaba manifestaciones contra el resultado de las urnas en Andalucía, abusando de la falacia ad hominem, para estigmatizar a sus antagonistas por fascistas, y antes lo habían hecho los CDR o los cachorros de Arran rodeando el Parlament. Hoy es el PSOE -partido de Gobierno- quien arenga a las multitudes y promueve un escrache contra la investidura de su oponente en defensa de los derechos y libertades democráticos amenazados, ignorando que en un sistema representativo no es la calle sino la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas la que debe prevalecer.

Puede y debe Susana Díaz y el PSOE defender los derechos y las libertades de los ciudadanos que estimen en riesgo y expresar su queja en la calle si así lo consideran. Pero no parece elegante -ni legítimo, ni democrático- hacerlo mediante el acoso a los representantes del pueblo libremente elegidos, y menos aún en la sesión de investidura del presidente de la Junta, en cuyo acto se formaliza la voluntad mayoritaria de los andaluces. Porque mientras no encontremos mejor criterio, la regla de la mayoría sanciona la legitimidad de la victoria y traduce el sentimiento popular del bien común.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *