La verdad que todos ocultan

     No fue en las descaradas mentiras o en las verdades a medias donde los mosqueteros triunfaron, sino en la ocultación de la verdad que saben y niegan.

Tras la doble sesión de reality show que TVE y Atresmedia nos han ofrecido sobre los cuatro candidatos a dirigir el país, llegó la hora de los electores.  Quedan algunos mítines más y varios días para la reflexión, pero pocos ponen en duda que sendos espectáculos televisivos influirán en gran medida para decantar las opciones de ese 40% de indecisos que detecta la mayoría de las encuestadoras. De su resultado surgirá un nuevo mapa político que redefinirá la composición del Parlamento.

A los platós llegaron los cuatro mosqueteros con el discurso preparado por sus sagaces asesores. No se trataba de ser fiel a la verdad, sino de parecerlo. Aferrados a la ética de las convicciones, nuestros políticos defendieron por encima de todo la verdad, negándosela al contrario, como si fuera el talismán de la general aprobación. “No mienta”, se acusaban unos a otros, mientras no dejaban de hacer lo que criticaban. Engastados en su disfraz clerical, Iglesias celebraba la Constitución que pretende derogar; Sánchez, defendía la España de todos, que para los suyos reserva; Casado, la bajada de impuestos, que no quiso implementar su partido; y Rivera, su firme compromiso presidencial con la igualdad de servicios de competencias ya transferidas. Aunque debemos reconocer que el triunfo del escalafón se lo llevó Sánchez con su falaz “lista negra” de la Junta de Andalucía.

Sin embargo, no fue en las descaradas mentiras o en las verdades a medias donde los mosqueteros triunfaron, sino en la ocultación de la verdad que saben y niegan. Más allá de reivindicar una sinceridad que nadie cree, no mentaron, por incómodo y contraproducente, los riesgos a los que se enfrenta España. Con un panorama mundial de desaceleración económica y el temor a una nueva recesión -que la mayoría de los expertos anuncia-, a ninguno de nuestros flamantes candidatos se les ocurrió aludir siquiera a tal riesgo y avanzar las medidas para combatir o atemperar los previsibles daños. Solazados en la bonanza de la economía española y los programas de ilusión y confeti que piensan desarrollar en los primeros compases de Gobierno, en caso de ser elegidos, dejaron para el día siguiente a la investidura el anuncio de los ajustes que tanto el FMI, como el Banco Central Europeo y el Banco de España requieren por perentoria urgencia.

Aprendida la lección tras 40 años de Democracia, mejor nos iría a los ciudadanos dejar a un lado la fortuita sinceridad de los candidatos y declinar la balanza hacia aquellos en los que se atisbe o intuya capacidad para gestionar los recursos públicos con sentido común y responsabilidad. De la correcta elección dependerá sin duda nuestra próximo futuro.

 

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