Más diálogo y lealtad, la receta del Presidente

      Como en tantas ocasiones desde que es Presidente, Sánchez no defraudó: defendió sin embozo la unidad de los contrarios, que para él son teoría y práctica.

Ayer estuvo firme y contundente el doctor Sánchez. Subió a la tribuna del Congreso dispuesto a pararles los pies a sus arriscados socios independentistas, que reclaman la insurrección como vía idónea para la independencia de Cataluña y toman por provocación que el Gobierno quiera celebrar el 21 de diciembre el Consejo de Ministros en Barcelona. Con la Constitución en la mano, nuestro Presidente les reprochó que hayan creado un relato de “agravios y mentiras” -¡para legitimar su anhelo de independencia!-, y les advirtió que no aceptaría una “nueva vulneración” de nuestra Ley Fundamental -¡Ni una más!-; tampoco, un referéndum de autodeterminación -porque los referéndums dividen-; y menos aún, la mención como modelo de segregación de Eslovenia -¡que provocó una guerra y casi un centenar de muertos!-. A cambio, les ofreció más diálogo -¡por supuesto, dentro de la Constitución!-, para desarrollar y profundizar el autogobierno -que ellos ya han anunciado no tener en su agenda-.

Sí firme y contundente fue con sus socios separatistas, a los que además pidió apoyo a sus Presupuestos -porque son sociales y favorecerán a Cataluña-, no menos lo fue con la oposición, que requería la intervención en Cataluña para garantizar el Estado de derecho y proteger a los ciudadanos de las hordas separatistas, y le exigía elecciones generales -las que él prometió en breve cuando accedió a la presidencia-, para constituir un gobierno fuerte que pudiera enfrentarse al desafió secesionista. A Casado y Rivera les recriminó que quisieran gobernar Andalucía con el apoyo de la extrema derecha de Vox -la que no reniega de la Constitución, ni repudia el Euro, ni la unión Europea, ni arenga a las masas contra los resultados de las urnas, como hacen sus socios-, y les pidió la misma lealtad que él había tenido en la oposición -cuando se conjuró con independentistas y populistas para tumbar el Gobierno de Rajoy-.

Como en tantas ocasiones desde que preside el Gobierno de la nación -lo que antes prometiera no cuenta, porque “no es lo mismo ser presidente que candidato”, según su vicepresidenta, “y eso lo entiende casi cualquiera”-, Sánchez no defraudó: defendió sin embozo la unidad de los contrarios, que para él son teoría y práctica. Los sondeos de opinión le han alertado del hartazgo y malestar que cunde entre los ciudadanos por la poca firmeza y contundencia que muestra el Gobierno respecto a la defensa de la unidad de España y la vulneración del Estado de derecho, y ha decidido proclamar alto y claro su posición para esclarecer las posibles dudas: más diálogo y lealtad. Indiscutible coherencia.

Sorpresas que no lo son

        La confusión entre los ámbitos institucional y partidario de Isabel Celaá, convierte la rueda de prensa tras el Consejo de ministros en un mitin contra Vox.

De nuevo sorprende el Gobierno -por decir un eufemismo-, confundiendo ámbito institucional y partidario, al dedicar su portavoz, Isabel Celaá, la rueda de prensa posterior al Consejo de ministros a combatir la emergencia parlamentaria de un partido que ha recibido en Andalucía el voto favorable de 400.000 ciudadanos. Para no errar de nuevo, debería buscar asesoramiento en su vicepresidenta, doctora en derecho Constitucional, que ha explicado en público –“eso lo entiende casi cualquiera”- las diferencias entre ciudadana particular y miembro del Gobierno, para no acudir a la cárcel de Lledoners a entrevistarse con Junqueras como hiciera su socio, Iglesias.

Pero más allá de este nimio tropiezo, sorprende –por usar la jaculatoria preferida de la portavoz del Gobierno- que no distinga entre constitucionalistas y antisistemas, pues hasta el momento quienes se proclaman antisistema y pretenden liquidar nuestra orden constitucional son sus socios y sus apoyos parlamentarios, y no precisamente el partido al que alude. Sorprende, además, que sin el menor embozo ni rubor, use la falacia ad hominem para deslegitimar el apoyo popular a un partido que acata la Constitución y acepta las reglas del juego democrático, y lance amenazas veladas a PP y C´s para no blanquearlo con la aceptación de sus apoyo, pues a su Gobierno no le ha importado pactar y contar con los votos de quienes tienen por ideario derribar nuestra Democracia y acabar con nuestros derechos y libertades.

Sorprende, ¡cómo no!, que a la portavoz del Gobierno le alarme el apoyo electoral a un partido que ha recogido un sentimiento de indignación popular y no le inquieten, ni le preocupen, las razones de ese malestar, principalmente la corrupción sistémica de su partido en Andalucía durante 36 años y la manifiesta incompetencia en la gestión pública.

Sorprende, también –aunque insisto, es un eufemismo-, que a la portavoz del Gobierno le sorprenda que no siendo PP ni C´s los partidos más votados, quieran desalojar de la Junta a Susana Díaz, pues el Gobierno que ella representa no es precisamente el grupo mayoritario en el Congreso y ni siquiera ha sido refrendado en las urnas. Y sorprende que valore como “enorme diferencia”, la formación de su Gobierno con la próxima del Gobierno andaluz, porque el primero lo alumbró una moción de censura para convocar elecciones –que olvidó al instante- y el segundo surgirá por la confluencia de varios partidos políticos cuya suma alcance la mayoría absoluta.

Sorpresas que, si bien no sorprenden, no por eso dejan de generar cierto estupor, pues no las hace la portavoz de un partido en arenga multitudinaria, sino la del Gobierno en la sede institucional del Ejecutivo de la nación.

Los chalecos amarillos y el cambio climático

Más allá de sus proclamados beneficios, cualquier iniciativa es buena si satisface la voracidad del Estado recaudador

Como en las huelgas del pan de siglos pasados, miles de franceses han salido a la calle para protestar por el incremento del precio del diésel y el abuso tributario. En Francia, el 61% del precio de la gasolina son impuestos, lo mismo que el 57% en el gasoil. La anunciada subida de 3 y 6 céntimos respectivamente para uno y otro combustible ha exacerbado los ánimos de los trabajadores de la periferia urbana, con un deficiente transporte público, que requieren del coche para su traslado al lugar de trabajo y no disponen de presupuesto para uno eléctrico.

Hartos de la alarmante carga tributaria y de la disminución de su poder adquisitivo, las redes sociales han servido de crisol al descontento. Como es habitual en este tipo de movimientos, a los rebeldes les pierden las formas, la violencia, la falta de diálogo, la ausencia de interlocutores dispuestos a negociar; razones que argumentan los gobernantes para no ceder a la presión irracional, por desesperada, de los ciudadanos. Pero este modo de proceder de los gobernantes es tomar el rábano por las hojas y no querer valorar las causas del conflicto, que en este caso no es sino la extrema voracidad del Estado recaudador, amparada en el criterio ecológico de penalizar los combustibles más contaminantes, esos que los trabajadores pobres consumen porque son los más accesibles a su bajo nivel de renta.

Con la coartada de la equitativa distribución de la riqueza, o en este caso de la lucha contra el cambio climático, los Estados modernos se apropian cada vez más de un mayor porcentaje de la riqueza social, asfixiando a los ciudadanos con los impuestos. “Hay margen para subir”, es entre nosotros el mantra preferido de los aspirantes a gobernar, exponiendo como justificación la marginación y la exclusión social, el pozo sin fondo de la demanda sanitaria o la lucha contra el cambio climático –también Sánchez ha anunciado subida de impuestos, entre estos también al diésel contaminante-, al igual que hace Macron con el programa de transición energética.

Pero más allá de la aparente bondad de estas iniciativas, la experiencia nos enseña que esa distracción del dinero de los ciudadanos apenas sirve para alcanzar los fines que se proclaman, contribuyendo por el contrario, en nuestro caso, a engrasar la máquina clientelar de los partidos políticos, incrementar la nómina administrativa y de altos cargos del Estado, disminuir la libertad de los consumidores y empobrecer a la mayoría de la población; del mismo modo que en el caso francés, más que disuadir el uso del vehículo de combustible y propiciar un medio ambiente más saludable, pretende por encima de todo disminuir el déficit fiscal y aumentar el dinero acaparado por el Estado.

Tal vez sorprenda que Macron, supuestamente un liberal de bandera, suba los impuestos para reducir el déficit fiscal, en lugar de disminuir el gasto y mejorar la eficiencia de los recursos públicos. Pero no hay que olvidar que fue ministro de Economía de Hollande, y continúa la política ecológica y de disminución del déficit del programa socialista. Al igual que su antecesor, su receta pasa por sanear las finanzas públicas a expensas de la mayoría de los contribuyentes, el pueblo trabajador, eximiendo del coste a las minorías privilegiadas, que no necesitan el coche para desplazarse ni pagar la “tasa carbono” para lograr un aire más respirable, pues se desplazan en avión y en tren de alta velocidad, y sus avionetas privadas se alimentan de queroseno, curiosamente libre de tasas.

Por todo esto protestan los airados participantes del movimiento de los “chalecos amarillos”. Sin líderes ni programas, pero con la convicción de estar asfixiada y humillada por un poder insensible y sordo que desprecia sus dificultades para llegar a fin de mes, la Francia del diésel, la rural y de la periferia de las grandes ciudades con bajos ingresos, ha plantado cara a Macron y está dispuesta a dejar de ser invisible.

Mezcla de serrín y estiércol

    El portavoz de ERC no es sólo un provocador, sino un  activista antidemocrático que tiene por meta desprestigiar al Parlamento y a la Democracia como forma de gobierno

Borrell ha respondido a la provocación rufianesca de Rufián con la contención de un parlamentario harto del menosprecio con el que el diputado de ERC enloda el trabajo parlamentario: “Usted a vertido sobre el hemiciclo esa mezcla de serrín y estiércol, que es lo único que sabe hacer”.

No le falta razón al ministro socialista, mirlo blanco en un Gobierno lastrado por la propia incoherencia y las servidumbres a separatistas y populistas. A Rufián no le interesa defender los derechos sociales supuestamente conculcados por el Estado, ni ensalzar a la inventada y subyugada nación catalana, ni encomiar la inocencia de los políticos presos, ni encarecer la prevalencia del voto sobre la ley. Lo que a este provocador y a su grupo interesa es envilecer la Democracia, convirtiendo el Parlamento en zahúrda de mojiganga y vituperio, para proclamar que nuestro sistema político no puede generar sino esperpento, infamia y frustración.

Grave es que nuestros representantes y la autoridad del Parlamento no sean capaces de poner freno a la patente de corso que algunos diputados disfrutan bajo la coartada de la libertad de expresión, porque desprestigian la institución que legitima la superioridad moral de la democracia sobre otras formas de gobierno.

Lo entiende casi cualquiera

La independencia de los tres poderes, fundamento del Estado de derecho

Como un Guadiana del subconsciente, emerge en el PSOE, cuando posee el mandato de gobierno, una tendencia inquietante, que busca lograr sus postulados diluyendo los límites de la división de poderes del Estado bajo la preeminencia del Ejecutivo.

Mucho se debatió en 1985 la reforma del CGPJ, que terminó con la sentencia del entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra: “Montesquieu ha muerto”. Argumentaba el líder socialista, que si la soberanía popular residía en Las Cortes, a éstas le correspondía elegir el gobierno de los jueces, con lo que a la primitiva elección de ocho vocales por el Parlamento, se sumarían los otros doce que la ley del Consejo de 1980 atribuía a la elección directa de jueces y magistrados. De este modo, confundiendo propiedad y ejercicio de soberanía, se blindaba el Gobierno socialista de un poder judicial independiente de la mayoría parlamentaria frente a los retos que debía abordar.

Hoy, con una mayoría precaria, de nuevo un Gobierno socialista intenta señalar la senda que debe recorrer el poder judicial en el juicio a los protagonistas del procés. En un ejercicio de funambulismo político, sugería Sánchez el miércoles en el Congreso que tal vez no debiera hablarse de rebelión respecto a la Declaración unilateral de independencia por los gobernantes de la Generalitat. Al día siguiente, le coreaba su vicepresidenta, Carmen Calvo, por las antenas de Onda Cero, negando que el delito por el que van a ser juzgados los políticos separatistas, fuera el de rebelión, porque éste requiere el uso de la fuerza y “tiene que darse por militares o civiles armados a las órdenes de un militar”, dijo citando a Federico Trillo, e insistía en la necesidad del diálogo para resolver el más grave problema al que se enfrenta España.

A la pregunta de Carlos Alsina sobre si, para favorecer el diálogo, estaría dispuesta a visitar en la cárcel a un preso imputado por un posible delito de rebelión, como había hecho Pablo Iglesias, socio del Gobierno, respondía Carmen Calvo con una negativa. “Eso lo entiende casi cualquiera”, dijo, pues si ella, como vicepresidenta del Gobierno, no debía hacerlo, no le parecía mal que otro político, sin responsabilidad de gobierno, lo hiciera.

Casi cualquiera entiende el respeto que en un Estado de derecho se debe a la independencia de los tres poderes, porque es su fundamento. Pero lo que al parecer no terminan de entender Carmen Calvo –doctora en Derecho constitucional- ni Pedro Sánchez, nuestro Presidente, es que, precisamente por ser miembros del Gobierno, sus declaraciones públicas, tanto sobre la conveniencia de la prisión preventiva o sobre la diferente tipología de los delitos por los que van a ser juzgados por el Tribunal Supremo los presos independentistas, constituyen una fragante vulneración de ese respeto que sin embargo proclaman. Casi cualquiera lo entiende.

Ciénaga moral

Elogiar la dimisión de la ministra Montón como ejemplo de transparencia y honestidad, más que sarcasmo o befa a los ciudadanos, refiere la ciénaga moral en la que se solaza el Gobierno

 

No se trata de hacer leña del árbol caído, sino de señalar la impostura, la mendacidad y el fraude como modus operandi de importantes miembros de nuestra clase política. A pesar del expreso apoyo del Presidente Sánchez por su “extraordinario trabajo”, la dimisión de la ministra Montón, por las numerosas irregularidades de su máster, es paradigma de este comportamiento.
Cuando se publicaron las primeras noticias, la ministra afirmó indignada que no todos eran iguales, haciendo de la insidia su defensa; después, dijo que las irregularidades de su expediente no eran de su responsabilidad, sino de la URJC, y que no era “justo” dimitir cuando era inocente. Por último, tras la evidencia del plagio (más de la mitad del TFM) dimite asegurando que ha sido “transparente y honesta”, pero que toma esta decisión para que (el escándalo) “no influya” en el Gobierno.
Ahora sabemos que es sospechosa de cohecho pasivo impropio, por el contrato de 399000€ a un consorcio en el que participaba la directora del máster, suscrito por Ministerio de Sanidad que dirigía Leire Pajín cuando ella era portavoz del PSOE en la comisión de Igualdad del Congreso y vocal en la de Sanidad. Difícil será encontrar mayor cara dura y mendacidad.
Por otra parte, elogiar su decisión como ejemplo de “transparencia y honestidad”, más que sarcasmo o befa a los ciudadanos, refiere la ciénaga en la que se solaza este Gobierno que se reclama de la Dignidad y la Ética. Ya está tardando la oposición para que el Presidente explique las razones que le inducen a tan inquietante afirmación.

Mejor tres buenas cuchilladas

Nadie la vio por las aulas, no hubo Tribunal, ni valoración, ni Acta, ni TFM. Pero Cifuentes reitera que hizo el Máster con puntuación de notable. ¡Que no piensa dimitir porque ella no miente!

En la Convención del PP, Mariano Rajoy la abraza. “Eres una de los nuestros”, le dice. Y Cospedal proclama: “Hay que apoyar a los nuestros”. Que se vaya a su casa, para que siga haciendo másteres en solitario. ¡Ánimo, Cristina! Sé que eres sincera. Por eso te abrazo.

Las cosas de la Política. Mejor tres buenas cuchilladas, que cientos de abrazos. “A nadie le gusta sentirse mas tonto que el de al lado. El truco, por tanto, es hacer que las víctimas se sientan inteligentes”, dice Greene.

Sabía Cristina mucho de másteres y de enredos en los despachos, pero poco de astucia política. Defendió la reputación hasta el espasmo, pero ignoró que la mentira tiene las patas muy cortas, y que más peligrosos son los amigos que los enemigos. Ahora tendrá tiempo para el estudio. Pero antes la asarán al espeto.

Nostalgia franquista en el corazón de Europa

Hay que españolizar a Europa, para que despierte del sueño de los ignaros

Como en los tiempos del exilio democrático en París, el jueves, Puigdemont llevó a sus adeptos al corazón de Bruselas, para pedir más y mejor democracia, no ya sólo de España, sino también de Europa. En el largo puente de la Constitución y la Inmaculada, los separatistas aprovecharon el tiempo de ocio y descanso para alzar la voz por la libertad. ¡Europa, escucha, los indepes estamos en lucha!

Prófugo de la justicia española y rebelde sin causa, pero sobrado de emoción, el expresident no defraudó. Acusó a Juncker de filofranquista por dar su apoyo al franquista Rajoy, presidente de un gobierno democrático con nostalgias totalitarias. “¿Habéis visto en algún lugar del mundo una manifestación como esta para apoyar a delincuentes?” ¿Visteis alguna vez un presidente elegido en las urnas transgrediendo las leyes y conculcando la constitución que juró cumplir y hacer cumplir? Sí, lo vimos. En los libros de historia. “No somos delincuentes, quizá somos demócratas”, sugirió, a sabiendas de que no se comportan como tales. Y Joan Comas, insigne de la CUP, denunció indómito la complicidad de las instituciones europeas con la violencia estatal. “¡Europa, despierta!” ¡El lobo acecha a tu puerta!

Los burócratas de Bruselas no entienden la emoción de los pueblos, de las villas y valles del continente, el profundo sentimiento de diferencia que alienta su rica diversidad. Hay que españolizar a Europa, inocular nuestro esencial particularismo en sus genes, para que despierte del sueño de los ignaros. Y los cuarenta y cinco mil españoles separatistas que acudieron a la llamada del prófugo estaban dispuestos a intentarlo. ¡Por una Europa de los pueblos! ¡Por una Europa antifranquista! ¡Libertad, amnistía y estatuto de Autonomía! ¡Qué larga y profunda es la sombra del ciprés!

 

Pútrida flor

(No se trata de decir a toro pasado lo que el Gobierno y la oposición pudieron hacer y no hicieron, sino de recordarles lo que aún están a tiempo de hacer y deben)

La verdad siempre resplandece al final, cuando ya se ha ido todo el mundo, decía Julio Cerón, el fundador del mítico Felipe. Lo que no añadió fueron las numerosas víctimas que tantas veces acopia su triunfo.

La sentencia en 2010 del TC sobre el Estatuto de Cataluña y la posterior manifestación de rechazo del 10 de julio, “Som una nacio. Nosaltres decidim”, por el Paseo de Gracia con todos los presidentes de la Generalitat al frente, marca un hito decisivo del desafío de los separatistas. A partir de ese momento, su hoja de ruta se muestra sin embozo, decididos a imponer la secesión de Cataluña al margen de los procedimientos democráticos y contra la legalidad española e internacional. Las sesiones del Parlament de los días 6 y 7 de septiembre, en las que se aprobó la Ley del Referéndum y la de Transitoriedad jurídica para la proclamación de la independencia, más allá de una mascarada democrática, fueron la rúbrica de esa voluntad excluyente, rupturista y totalitaria que el nacionalismo ya no esconde. Lo que ha sucedido después, más que previsible, estaba programado.

Conscientes de la ilegalidad e ilegitimidad de sus actos, los gobernantes catalanes, con Puigdemont, Junqueras y Forcadell a la cabeza, adujeron que sus adversarios les habían obligado a hacer lo que no debían, y al no disponer de unas leyes apropiadas al caso, no tenían más remedio que conculcar las vigentes y justificar la legitimidad de sus decisiones en la mayoría del Parlament que le era propicia. Ante tamaña barbaridad y escarnio democrático, el Gobierno debería haber actuado, no sólo recurriendo a la justicia para que sancionara la ilegalidad de tales actos e inhabilitara a sus protagonistas, sino ejerciendo las funciones que la Constitución le confiere, como la Ley de Seguridad Nacional o el denostado y próvido artículo 155. Pero se abstuvo de hacer esto último, y las consecuencias de su inacción e impasibilidad las estamos viendo. No sólo no impidió la realización del Referéndum ilegal el 1-0, sino que su torpe decisión permitió que la fecha se convirtiera en fúlgido escenario de la insurrección. ¿Alguien podía desdeñar los evidentes riesgos de tumulto y desorden callejero que provocaría la acción policial? ¿No era previsible el uso espurio de las imágenes por los facciosos? ¿Acaso era inconcebible el acicate del victimismo y su justificación para la proclamación de la independencia?

Hace días se lamentaba Mariano Rajoy de que nadie podía imaginar a los extremos que han llegado los secesionistas, y que su desprecio de la legalidad y la deslealtad institucional le iba a obligar a hacer lo que no quería hacer, para posteriormente justificar su actuación en que había aplicado “la ley y sólo la ley”. Y ahí parece radicar la raíz de la inacción de nuestro Presidente. Primero, por no valorar en su justa medida los riesgos; después, por no atreverse a implementar las medidas necesarias para conjurarlos; y por último, por no entender que su principal función como gobernante es hacer Política, política con mayúsculas, y no sólo gestión pública.

Ni que decir tiene que los responsables de la mayor crisis a la que se enfrenta España desde el golpe de Estado el 23 F, son los independentistas, pues ellos son quienes están poniendo en riesgo nuestra democracia y la convivencia en paz de todos los españoles. Pero no podemos ignorar que la inacción o tolerancia con la deslealtad y la insumisión de los nacionalistas catalanes no sólo ha sido de Rajoy, sino también en buena parte del resto de los gobernantes de nuestra democracia. En primer lugar, auspiciaron su sobre representación en las Cortes aprobando una ley Electoral que les favorecía, y más tarde, toleraron su “continua y sistemática vulneración de las leyes”, que advierte y critica acertadamente el Rey, con una permisividad negligente. No sólo fueron laxos en la defensa de la legalidad constitucional y de los principios de igualdad democráticos, sino que no valoraron los deletéreos efectos sobre la ciudadanía del adoctrinamiento en el odio y el repudio de España al que los diferentes gobiernos de la Generalitat han sometido a generaciones de catalanes, con la coartada de la inmersión lingüística y bajo el “principio regular de la exclusión”, como señala con lucidez Félix Ovejero. Y en ese hediondo caldo de cultivo no podía sino germinar el separatismo como una bunga bangkai mediterránea. Que algunos personajes del espectáculo mediático obtengan rédito con su apología, tal vez sea comprensible, pero no así que partidos políticos no nacionalistas compartan su discurso y quieran pescar ahora en el río revuelto de la rebelión.

Pero no es cuestión de decir a toro pasado lo que pudieron hacer y no hicieron tanto el Gobierno como la oposición, sino de hacer, aunque tarde, lo que aún pueden y deben, no sólo para defender la democracia, la libertad y la igualdad de los españoles, sino para evitar que esta farsa nacionalista e intento de golpe de Estado termine en tragedia.

Las uvas maduras

             Con la aprobación de los Presupuestos, Rajoy da estabilidad a una legislatura que muchos auguraban corta y a trompicones                                                                                                                         

El miércoles el Congreso aprobó los Presupuestos Generales del Estado para 2017 y Rajoy consigue dar un nuevo paso en su alfombra de ascuas. No sólo consigue el apoyo de la mayoría y da estabilidad a la legislatura hasta 2019, sino que hace compatibles las divergentes hojas de ruta de los contrarios, como C´s y los nacionalistas. Sin embargo, esto no ha sido sólo logro de su elocuencia o capacidad de diálogo, sino de un saber político y sentido común que tantos le niegan. “Ser serio, generar confianza y cumplir tu palabra es lo único que funciona en político y en cualquier faceta de la vida”, les dijo a sus compañeros de partido en la clausura del congreso en Mallorca.

Con el crecido fondo de la chequera que ha traído la recuperación económica ha sabido romper reticencias y ganar voluntades. En la cuneta van quedando amortizados los cadáveres de la corrupción, sin que apenas logren empañar su mandato, curtido de resiliencia. Son asuntos de otra época, dicen los suyos. Rajoy nada tiene que ver ni ocultar sobre la rampante corrupción que gangrenó su partido mientras él era secretario general o presidente. Ahora, C´s, PNV, Coalición Canaria, Nueva Canarias y Foro Asturias, además del PP, le han brindado su apoyo para sacar adelante las cuentas, olvidando pesares y deudas. C´s se apuntó 4000 millones de aumento en diversas partidas sociales: el PNV, 5400, entre un nuevo cálculo del cupo e inversiones para el AVE; coalición Canaria, 1200; Nueva Canarias, 200 y Foro Asturias, 65. Cada partido barrió para casa, llevándose lo que pudo en esta rebatiña de subasta patriótica. Los que se quedaron a dos velas, y por tanto, a dos velas sus electores, fueron los de la izquierda y los independentistas. Los primeros por andar a por uvas sin encontrarlas; los segundos por despreciarlas, creyéndolas verdes.

Tras la firmeza del Gobierno para impedir que se realice el referéndum ilegal, el presidente de la Generalitat no ha expresado su malestar por la disminución de la inversión extranjera en Cataluña tras la consulta del 9-N, ni por la deficiente gestión de los recursos públicos y el aumento de la deuda pública de Cataluña, sino por la falta de capacidad de diálogo del Gobierno que no se atiene a negociar el día y la hora de la consulta. Esas uvas verdes, verdes como la albahaca. “Basta ya de flirtear en los confines de las costuras del sistema democrático”, dijo indignado, quien no ya en los confines, sino mucho más allá de los límites, lleva a su Gobierno por el ronzal de la sedición, convencido de que el Estado es un tigre de papel y de que saldrá impune del golpe de estado legal que piensa ejecutar.

Si Puigdemont y su tropa emulan a la zorra en la fábula de Esopo, Sánchez e Iglesias siguen el aforismo popular del extravío, sin percatarse de que están a su alcance esas uvas maduras que no desprecian. El resucitado líder socialista, preocupado por controlar el congreso de su partido, descabezar el poder de los barones e impedir que Podemos se apropie de la representación de la izquierda que tiene por propia, apenas le quedó tiempo para pensar en los Presupuestos. Iglesias, con la obsesión de expulsar al PP de las instituciones y situar a Podemos y sus confluencias en la centralidad del debate político, ha propuesto una moción de censura contra Rajoy como una réplica de la que González le hizo a Suárez. Pero sólo aspira a tumbar a su reticente aliado y puede acabar siendo su tumba política.

Da la sensación de que el único que acierta en este desbaratado momento político es el vilipendiado Rajoy, al que casi de todo, menos de tonto, se le ha tildado. Mal que les pese a sus adversarios y con el lastre de la corrupción a su espalda, ha logrado que se mantenga la recuperación económica, que seamos el país de la UE que más crece, que se creen más de millón y medio de puestos de trabajo y que España haya recuperado su peso político en la esfera internacional. ¿Alguien da más? Sí, él mismo. Si lograr resolver airoso el desafío secesionista, terminará la legislatura que muchos auguraban corta y a trompicones. ¡Será por prudencia, inteligencia o templanza!