Contraportada

 

         Lentamente, fui desabrochando uno a uno los botones de mi camisa y me desprendí de ella, unto con la cazadora, para ocultar el revólver. Eché hacia atrás el respaldo de mi asiento, me quité el resto de la ropa y me senté de rodillas a su lado. Tati seguía con la danza del vientre, mirándome en silencio. Su respiración era profunda y entornaba de vez en cuando los ojos. Yo comencé a acariciarle suavemente las piernas y le besé le pubis, el vientre, los senos y el cuello. Entonces ella me pasó las manos por la espalda y me apretó con fuerza.

 

Mientras besaba y succionaba la piel de su cuello, pensaba cómo iniciar el interrogatorio sobre la guerra de las naranjas, de manera que aquella sensual muñeca me lo contase todo de buen grado. Y estaba ebrio de estos pensamientos traidores, y posiblemente del sabor de su piel, cuando sentí la fría presión del cañón de un revólver contra mi barriga.

 

Rabo de león

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